domingo, 24 de marzo de 2013

EL CUENTO DE LA LECHERA


Aún recuerdo como si de hace un par de días se tratara, que siendo yo un crío mi madre me mandaba todos los días a casa de una vecina a por leche fresca y recién ordeñada. Ya me fastidiaba bastante que siempre tuviese que hacer el recado cuando estaba en la calle jugando con mis amigos, aunque pensándolo ahora, supongo que hubiese sido imposible haberme encontrado en otro sitio o haciendo otra cosa….., fuese la hora que fuese.


Durante los años que me tocó ir por la leche (antes, aunque no lo recuerdo supongo que debió tocarle a alguno de mis hermanos mayores), utilicé varias lecheras, todas similares en cuanto a material de fabricación, volumen y cierre poco o nada hermético, hasta el punto de que el primer vaso ya se lo bebían mis zapatos en el camino de vuelta.



Nada más que llegar a casa, mi abuela la echaba a un cazo grande y la ponía al fuego para que, y a poco que te descuidaras, alguien gritara: ¡¡Que se va!! haciendo parecer que tenía vida propia.


Entonces la retiraba del fuego y…… lista para beber.
Cómo olía aquella leche, nada que ver por cierto con el olor de un tetrabrik.


Ahora, treinta años después, cada vez que doy un curso de formación en materia de higiene y seguridad alimentaria me veo forzado a hablar sobre métodos de tratamiento térmico para lácteos, e incluso bromeo con el hecho de que al hervir entonces la leche, nos limitábamos a beber una mezcla de agua y grasa ya que el mismo choque térmico que inactivaba las bacterias nocivas de la leche, acababa de paso con la flora láctica beneficiosa y con una buena cantidad de vitaminas.
 
Supongo que hemos pasado de tiempos en los que era un peligro potencial consumir la leche cruda sin hervir a otros en los que podemos dejar un yogur dos meses en medio del desierto sin que se altere lo más mínimo; yo sinceramente me pregunto: ¿Estamos seguros de que se trata del mismo alimento?
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