domingo, 7 de julio de 2013

INVERSIÓN TÉRMICA Y SENSACIÓN DE PÉRDIDA DE LOS DIENTES A CONSECUENCIA DE LA CIGUATERA DEL PESCADO

Estos dos curiosos síntomas forman parte de los más de 175 asociados a la ingesta de toxinas presentes en determinadas especies de pescado capaces de producir Ciguatera. (ciguatoxina, maitoxina, escaritoxina, y palitoxina principalmente)

Estas toxinas producidas por organismos dinoflagelados (gambierdiscus toxicus), se acumulan en arrecifes coralinos en forma de sustrato de pequeños peces herbívoros, de los cuales se alimentan otras especies piscívoras,  pasando de este modo a la cadena alimentaria humana.



Es por ello que determinados ejemplares de gran tamaño (más de 2 Kg), depredadores habituales de la fauna característica de arrecifes coralinos, como la barracuda, morena, mero, medregal, pargo, jurel, cubera, coronado, peto, pez vela  y pez aguja; acumulan en su cabeza, hígado y gónadas cantidades considerables de toxina capaces de producir la enfermedad.

La asociación con ambientes coralinos sitúa con mayor prevalencia a los ejemplares tóxicos en Islas del Pacífico Sur, Costa Sur de EEUU, Indias Occidentales, Mar Caribe, y en general en aguas tropicales cálidas de países como República Dominicana, Cuba o Puerto Rico. Pese a su localización, la escalada geográfica de la toxina puede confirmarse con la detección, desde 2008 hasta la fecha, de 93 intoxicados en las Islas Canarias (España), los últimos 4 afectados a principios de 2013 en Tenerife.

Aunque se desconoce por qué la toxina no afecta a los peces portadores, se sabe que el número de casos crece coincidiendo con el aumento de la temperatura del agua y la floración de microalgas tóxicas (Quizas te interese leer: “Una paralizante marea roja. Toxinas producidas por microalgas nocivas") o con fenómenos naturales capaces de producir alteraciones físicas del medio y dañar los arrecifes, tales como tormentas tropicales, ciclones, terremotos, tsunamis, etc.


Termoestables (no se destruyen mediante calentamiento o congelación) y organolépticamente indetectables (no aportan al pescado sabor, olor o color que permita su identificación), las toxinas inductoras de ciguatera (“pescado ciguato”) enferman a más de 50.000 personas al año.

Su amplia sintomatología se produce hasta 48 horas tras el consumo del pescado pero puede comenzar durante la propia comida, e incluye molestias gastrointestinales al principio (diarrea, vómitos, dolor abdominal, etc) y efectos neurotóxicos capaces de prolongarse durante semanas e incluso meses, advirtiéndose recaídas eventuales asociadas al consumo de alcohol, semillas, carne de pollo, huevo, pescado enlatada e incluso nueces.
Entre estos últimos destacamos:


  • Disestesia (referida a la inversión térmica del título del post): por la que los intoxicados notan especialmente en boca y extremidades, “frío lo caliente y caliente lo frío”.
  • Ataxia: trastorno caracterizado por la disminución de la capacidad de coordinar los movimientos en dedos, manos, brazos, piernas y llegando a dificultar el habla y la deglución.
  • Parestesia: hormigueo y sensación de adormecimiento en palmas de las manos, plantas de los pies, labios y lengua.
  • Síndrome de pérdida de los dientes: mediante la que el enfermo mantiene una sensación constante de desprendimiento de dientes que percibe como sueltos o poco firmes.

A estos síntomas se unen otros como: sabor metálico en la boca, prurito, y disminución de la fuerza muscular en los miembros inferiores, a los que pueden seguir otros síntomas cardiovasculares más graves y causantes de la tasa de mortalidad asociada a esta intoxicación (en torno al 5% de los casos), como: bajada de la frecuencia cardiaca y presión arterial, bloqueo A-V y shock.
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