sábado, 20 de julio de 2013

MORIR DE HAMBRE SIN DEJAR DE COMER. LA INANICIÓN CUNICULAR O MAL DE CARIBÚ

Entre los años 70 y 80, más de 40 personas fallecieron tras seguir una dieta hiperproteica, similar en principios prácticos de adelgazamiento a las ya tristemente famosas “Dukan” o “Atkins”.

De nombre melodramático, la dieta de “la última oportunidad” (The last Chance Diet) fomenta la ingesta de proteínas en cápsula (extraídas a partir de proteínas líquidas de tendones y pieles de animales), acompañadas de suplemente vitamínicos y reduciendo drásticamente el aporte de grasa. Este tipo dieta propicia la cetosis (dieta cetogénica), mediante la cual nuestro organismo genera cuerpos cetónicos destinados a quemar la grasa corporal con la consiguiente liberación de toxinas que se eliminan a través de la orina, responsable de la bajada de peso inicial que experimentan sus seguidores.



Como explico en el artículo “Atropellado por la Dukan”, este tipo de dietas entrañan serios peligros asociados a la sobrecarga renal, potenciales daños para el hígado y riesgo de padecer osteoporosis. La cetosis propiciada por estas dietas es similar a la que produce la diabetes mellitus tipo 1, en la que la ausencia de insulina hace aumentar la concentración de azúcar en sangre (que no puede ser metaboliza), favoreciendo el uso de la reserva de grasa acumulada en el organismo como única fuente de energía disponible. Por el contrario y pese a lo sorprendente que pueda parecer, la acumulación de grasa en el organismo no está ligada al consumo de la misma, sino a la presencia de insulina en sangre liberada tras la ingesta de azúcares (evitar fijar la grasa eliminando el postre tras la comida…. método practicado en muchos tipos de dieta).

Si cada vez como más, por qué cada vez tengo más hambre”. Algo así debieron pensar los 6 supervivientes rescatados, de los 25 que originalmente componían la expedición al Ártico de Adolphus Greely.


Tras alimentarse exclusivamente con carne de conejo o liebre, extremadamente magra por naturaleza, sufrieron un envenenamiento derivado del consumo masivo de proteínas y ausencia de grasa, que los llevó (según explica en su libro “Bueno para comer” el afamado antropólogo Marvin Harris), a comer cada vez más hasta multiplicar el consumo inicial por tres o cuatro para en definitiva seguir hambrientos y fallecer al cabo de varias semanas, transcurridas desde el comienzo de los primeros síntomas derivados de este peculiar tipo de inanición.

Según explica el doctor Barry Sears, el cuerpo intenta deshacerse a través de la orina del exceso de amoniaco producido durante el metabolismo de las proteínas y que no pueden ser transformadas en urea por el hígado, (capaz metabolizar un máximo de 300 g de proteína/día); a partir de aquí: diarrea, deshidratación, bajada de la presión arterial y fatiga o cansancio.

La inanición cunicular, también conocida como “mal de caribú”, ha sido experimentada principalmente por esquimales que consumían la carne magra de este animal ártico, rechazando el consumo de sus partes grasas. Son ellos precisamente, pioneros en el seguimiento de una dieta estricta en base a la grasas y proteínas, e incomprensiblemente sanos para una sociedad occidental enferma por el consumo de azúcares, los principales indicadores de que el riesgo no procede tanto del exceso de proteínas como de la ausencia de grasas en animales como el conejo, la liebre o el caribú.
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