viernes, 13 de septiembre de 2013

LA VIDA BAJO PATENTE EN LAS SEMILLAS TRANSGÉNICAS

Si es cierto que pocas cosas nos causan estupor a estas alturas, el caso de los organismos modificados genéticamente se revela como uno de los más claros ejemplos de corrupción política e incompetencia burocrática, encaminada a saciar el ansia económica de las grandes corporaciones agrarias a costa de nuestra salud y la de generaciones venideras.

Consumidores despreocupados, y confiados en unas autoridades sanitarias que lejos de salvaguardarla, enmascaran su propia incompetencia y falta de autoridad en el asunto a base de comunicados tranquilizadores y manifiestos técnicos con aires de suficiencia, para el control de un proceso de características tan complejas que sencillamente, resulta impredecible a largo plazo. 



Realmente poco pueden hacer, sino digerir unas decisiones que se mastican en un estrato superior, en el que dirigentes y ejecutivos de multinacionales del sector se relevan en los principales cargos de administraciones públicas y gabinetes de gobierno.

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En el momento en el que la presión burocrática y el posicionamiento político dieron como resultado la fatídica ley que permitía la ejecución de patentes sobre organismos vivos (semillas para cultivo), los gigantes de la industria del sector agrario comenzaron a relamerse, sabedores del recurso elemental que manejaban (alimentación) y del poder persuasivo de las campañas mediáticas de miles de millones de dólares.

Si es cierto que la vida evoluciona, y que todas las especies vivas incorporan con el paso del tiempo mejoras genéticas que le confieren características idóneas que le permiten una mejor adaptación a la climatología, suelos de cultivo, plagas, etc., los organismos transgénicos entran en escena vía exprés como nuevas versiones mejoradas, que incorporan en sus genes fragmentos de ADN externo, bacteriano o vírico principalmente; seguros a corto plazo, pero impredecibles en el tiempo, por la propia evolución de la que hablábamos.

Quiero decir con esto que si hasta ahora el significado de la palabra “patente” estaba relacionado con la protección de la propiedad de un producto novedoso, invariable y único en su género, su aplicación a semillas se aleja de esta definición por tratarse de organismos ya existentes, de ADN recombinado y susceptibles de sufrir mutaciones futuras propias del proceso evolutivo natural de la planta.

Hasta tal punto llega la corruptela del poder, que actualmente la ley obliga a destruir en EE.UU y Canadá, semilleros de agricultores contaminados con el transgénico, indistintamente de si el mismo ha alcanzado sus campos arrastrado por el viento desde cultivos colindantes, o a través de derrames accidentales desde vehículos de reparto. Se juzga la propiedad, sin pensar en la alteración de las tradicionales variedades locales o las vías de dispersión en el medio ambiente. Monocultivo intensivo sobre el que se orquestan costosas campañas publicitarias (la última, de 4.6 millones de dólares, protagonizada por Monsanto para impedir el etiquetado de productos transgénicos en EE.UU), con el pretexto de confundir a los consumidores y promover el consumo de una auténtica “bomba alimentaria” en el tiempo.


Variedades en su mayoría, no modificadas con una finalidad humanitaria (paliar carencias nutricionales y epidemias de hambruna que sufren más de 800 millones de personas), sino económica; que permiten el rociado con insecticidas a un elevado coste para los suelos de cultivo y que progresivamente van acabando con la biodiversidad del medio en favor de un híbrido de naturaleza dudosa y futuro incierto.



Sin entrar en el inmenso océano de los posibles problemas para la salud asociados a su consumo, la cuestión de la propiedad sobre organismos vivos y móviles sienta un peligroso antecedente. Sólo nos faltaría, al igual que ocurrió con las variedades de semillas de los bancos estadounidenses, permitir la patente de los animales de granja o los insectos. Se imaginan….. “tiene una mosca de mi propiedad en su casa”.
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