viernes, 4 de octubre de 2013

EL METANOL EN BEBIDAS ALCOHÓLICAS: UN TRAGO DE VENENO

Pese a que las pruebas utilizadas por el fiscal, durante el juicio del tristemente conocido como Caso Metílico (1963), fueron obtenidas tras la exhumación de 51 cadáveres, en su mayoría gallegos y canarios; Fernando Seoane, estimó en miles los fallecidos a consecuencia de la adulteración de bebidas alcohólicas con metanol, también llamado alcohol de madera, de menor coste y utilizado frecuentemente con fines industriales, como solvente de pinturas, productos de limpieza, anticongelantes, adhesivos, etc.

Infames bodegueros movidos por el ansia de dinero aquellos que decidieron, a sabiendas de los seguros perjuicios para la salud de trabajadores y padres de familia, utilizar sin ningún tipo de control, un veneno de bajo precio para adulterar el trago que acostumbran a tomar antes de ir al trabajo.


Un régimen franquista sobre el que no pesaba ningún tipo de responsabilidad subsidiaria e incapaz de reconocer la falta de control sobre el uso del metanol de libre comercio, y un tribunal, que lejos de ejemplarizar, priorizó la no intencionalidad de matar de los acusados, dieron al traste con las esperanzas de miles de familiares de fallecidos y envenenados crónicos, que vieron marchitarse sus vidas, arruinados e incapaces por las secuelas, de retomar su actividad profesional mientras los culpables, condenados y declarados insolventes, salían de la cárcel a los pocos años.



El metanol ingerido, es rápidamente absorbido desde el tubo digestivo para ser posteriormente metabolizado en el hígado por la enzima alcohol-deshidrogenasa a una molécula fatal: el formaldehido, quien posteriormente se transforma ácido fórmico que ataca rápidamente aquellos órganos ricos en agua como el cerebro o el riñón, y que puede derivar en alguna de sus sales (formatos) capaces de causar ceguera permanente y problemas neurológicos irreversibles.

Por suerte o desgracia, en la mayoría de ocasiones el propio veneno contiene el antídoto, ya que cuando se trata de mezclas con alcohol etílico, éste compite con el metanol añadido, impidiendo en parte la formación de los letales metabolitos.

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Los síntomas de envenenamiento, que suelen comenzar transcurridas unas horas tras la ingesta de dosis de 100 mg/Kg de masa corporal,  pueden abarcar: dificultad y paro respiratorio, visión borrosa, ceguera, convulsiones, comportamiento agitado, dolor de cabeza y mareo, cianosis, nauseas y vómitos, crisis epiléptica y coma. La dosis letal de metanol en sangre está en torno a 40 mg/dL, lo que se corresponde con ingestas de 30-240 ml.

Sin confundirlo con lo que en España se conoce como alcohol de garrafón, (alcohol apto para bebidas y con garantía sanitaria, pero de pésima calidad, como el destilado a partir de la remolacha), el metanol es consumido actualmente, principalmente en países de Centro y Sudamérica, por alcohólicos de escasos recursos. Conocido como “Pipo”, y vendido en envases de agua  por comerciantes sin escrúpulos, bajo el pretexto de desconocer el uso al que se destina, miles de adictos a la bebida encuentran en este veneno un producto económico que les permite desconectar de la sociedad y calmar los efectos ligados a su abstinencia. Todo ello a un alto precio, pérdida de visión irreversible y secuelas neurológicas de por vida. Borracheras inexpresivas y pérdida de sensibilidad para un grupo de población marginada que deambula por las calles de Bogotá o Lima como zombis en busca del próximo trago.
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