lunes, 2 de diciembre de 2013

EL CIGARRILLO ELECTRÓNICO ¿PEOR EL REMEDIO QUE LA ENFERMEDAD?

Quizás sobrevalorado por quienes durante demasiados años se han destruido sistemáticamente los pulmones a la par que vaciado sus bolsillos, el uso del vaporizador toma relevancia entre fumadores frustrados, cansados ya por tanto intento baldío de abandonar este insaciable y caro vicio.

El sistema en sí es relativamente simple, un atomizador alimentado por una batería, que vaporiza la mezcla para que sea inhalada en forma de vapor. Un funcionamiento sencillo que a mi parecer reproduce satisfactoriamente la sensación de fumar pese a lo engorroso del artilugio en sí, demasiado pesado y aparatoso; ya sabéis…. botones, cargadores, baterías, etc. No han de apuntarse con toda seguridad a esta moda, por más saludable que quieran pintarla, aquellos que a sabiendas de los múltiples males del tradicional cigarrillo, encuentran un sublime placer en el acto de fumar.


Mi preocupación por el asunto nace, no del instrumento en sí, sino de la composición de la mezcla líquida dosificada en cada recarga. Sólo tenemos que ojear el dispensador (contenedor líquido) para entender la falta de regulación sobre este coctel aromático, contenga o no nicotina.

Etiquetada con los pictogramas de “Tóxica” y “Peligrosa para el medio ambiente”, la mezcla de composición incierta y desprovista en la actualidad de control sanitario (a diferencia de chicles o parches de nicotina que han demostrado ser eficaces para abandonar o moderar la dependencia del tabaco), llama la atención por no contar con leyendas que regulen la venta a menores de edad.

Sin ningún tipo de regulación sobre su fabricación, composición o comercialización, puede resultar difícil saber realmente qué sustancias estamos inhalando. Esta falta de regulación hace posible en la actualidad su venta y consumo en cualquier tipo de establecimiento, incluso a concentraciones de nicotina de 24 mg/ml (una cajetilla de cigarros de las principales marcas comerciales contiene entre 16-20 mg de nicotina).

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Productos importados sin control sanitario, fabricantes anónimos que se apuntan al boom de la comercialización de recargas líquidas, etiquetado incierto de dudosa o nula traducción al castellano, y cientos de comentarios en la red (unos con más credibilidad que otros) sobre la presencia en la mezcla de sustancias nocivas no identificadas en la composición tales como nitrosaminas, dietilenglicol, etc.



Todo ello puede llevarnos a la conclusión de que la rapidez y fuerza con la que un producto irrumpe en el mercado, no siempre es sinónimo de efectividad o garantía de seguridad. La Organización Mundial de la Salud se pronuncia al respecto, advirtiendo a los usuarios del cigarrillo electrónico sobre la necesidad de evitar su uso en tanto en cuanto su comercialización quede regulada por los organismos oficiales, y las autoridades sanitarias se pronuncien acerca de la composición y efectos de las recargas líquidas.

Pese a que un cigarrillo tradicional contiene entre 400 y 6000 aditivos distintos, y teniendo en cuenta que por mi parte no pretendo sembrar la duda o cuestionar la efectividad de este tipo de artículo; si recomendaría ser prudente en cuanto a la utilización de recargas carentes de garantía sanitaria, especialmente de aquellas no etiquetadas en castellano y de procedencia incierta.

Como se suele decir….. “No vaya a ser peor el remedio que la enfermedad”
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