jueves, 26 de diciembre de 2013

MI MESA NAVIDEÑA ESTÁ REPLETA…., PRONTO LO ESTARÁ MI CUBO DE LA BASURA

Quizás a estas alturas ya no tengamos remedio y la insensibilidad se haya apoderado definitivamente de nosotros. Ahora más que nunca, y especialmente en estas fechas derrochamos en exceso, complacidos ante una despensa bien llena, e ignorantes del vecino que se acuesta con el estómago vacío. Digo vecino porque cada vez hay que forzar menos la vista para encontrar a padres desesperados por poner en su mesa y la de sus hijos el “justo” pan de cada día. Ya no se hace preciso reconocer el hambre a través de imágenes de niños africanos desnutridos y cada vez son más las denuncias por parte de educadores acerca de las carencias nutricionales y alimenticias que pudieran estar padeciendo muchos de nuestros menores.


Nosotros mientras tanto echamos la vista a un lado  o como mucho pasamos de puntillas por este escabroso y desagradable asunto, sabedores de nuestra generosa naturaleza, que desde la serenidad que proporciona un refrigerador bien repleto, no duda a la hora de dar comida a quien se “humille” a pedirla, pero que no piensa en la que tira y desperdicia sin ofrecerle la posibilidad de alimentar una boca hambrienta.

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Hipermercados que nos derivan al consumismo extremo, que despilfarran toneladas de alimentos obsesionados por la apariencia de los mismos y sin atender a criterios de frescura. Fruta uniforme en color y tamaño, visualmente llamativa y expuesta en abundancia, carente de cualquier tipo de desperfecto propio del cultivo del que procede. Ofertas y ganchos comerciales capaces de hacernos cargar el carro de absurdos alimenticios imposibles de administrar en el tiempo en cuanto a caducidades.  

Contenedores llenos en definitiva. Según datos de las principales ONG’s, con la comida sobrante en Europa y EE.UU podríamos alimentar a todas las naciones desfavorecidas del planeta. Datos que aseguran que sólo los 40 millones de toneladas de alimentos despilfarrados en los EE.UU cada año podrían alimentar a 1.000 millones de personas. Datos tristes que poco dicen a favor de una sociedad cada vez más inhumana.


Mientras despotricamos (no sin razón) sobre el desperdicio de alimentos en grandes superficies, e indignados comentamos frente a las contínuas imágenes de quien acude a sus contenedores para rescatar el sustento diario, “esto no puede seguir así”; nuestras bolsas de basura salen del hogar repletas de comida “inútil” y mal gestionada.

Banquetes navideños imposibles que hacen que nos regodeemos de la variedad de platos que decoran nuestra mesa. Niños y adultos mal educados que picotean de aquí y de allá, seleccionando aquello que mejor le parece y descartando los excesos de quien pensó que era bueno contar con 6 variedades de postre para esa cena.

Que lo acabaremos pagando es seguro, y aunque de momento no parezca preocuparnos lo suficiente, precisamente ahora, deberíamos reservar unos minutos para reflexionar sobre si realmente es ético pensar que “teniendo de todo en nuestra mesa, nada nos falta”.
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